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domingo, 2 de diciembre de 2012

Y ya salió...

Ya podéis descargar el II Premio Ultratumba de Javier Herce, donde aparece un relato mío (Tsommdbie), junto a otros textos de peña güena, güena, de verdad. Tenéis la opción de descargarlo en PDF o leerlo directamente desde internet, como vosotros queráis.

Aquí el enlace:
Un Halloween de Ultratumba II

Aquí la portada:



Espero que os aproveche... ;)

jueves, 22 de noviembre de 2012

La penumbra de la esfinge


La oscuridad era total.

Hacía tres días que la luz se había consumido, apagándose en un abrir y cerrar de ojos y dejando la sala de la esfinge en completa negrura.

«No se alteren, por favor, y siéntense en el suelo contra la pared», eran las únicas palabras que el guía del grupo supo pronunciar, y las repitió en voz alta entre la bulla de voces nerviosas. Sentí cómo manos y piernas me tocaban, me empujaban, alterados, hasta hacerme daño. Me dejé arrastrar contra la pared hasta quedar sentada en el suelo. Así noté el aliento de un fétido fumador a mi lado, respirando con angustia, rezándole en voz baja a la oscuridad.

Los gritos se fueron acallando lentamente con el paso del tiempo. Tan sólo algún quejido aislado, algún sollozo tímido, algún sonido de ropa refregándose contra la pared, fue lo que logré escuchar. Me mantuve callada y cauta.

A veces accionaba la luz del móvil para poder alumbrar a mi alrededor. Podía ver los rostros de pavor que mostraban mis compañeros, atenuados por la luz mortecina del teléfono, hasta que éste dejó de funcionar.

Entonces se hizo el silencio. Un gruñido lejano de vez en cuando; algún sollozo extraviado que zozobraba a través del mutismo colectivo. Cuando escuché un lejano ronroneo intuí que pronto volvería la electricidad, y que por fin saldríamos de aquel maldito agujero.

De repente la luz irrumpió con fuerza, y me cegó durante unos instantes. Cuando mis pupilas se contrajeron, cuando volvieron a su estado natural, empezó mi locura. A mi alrededor estaban los compañeros inmóviles, con la piel reseca y arrugada, con sus cuerpos drenados, cadavéricos, y los ojos colgando sobre los pómulos agrietados, pendientes de los orificios por sus finos y rojizos nervios. Me llevé las manos a la boca para intentar reprimir la histeria en la que me encontraba y vi, cerca de mí, un surco sanguinolento que desaparecía por entre mis piernas. Justo en ese momento percibí que algo reptaba por mi espalda, y al notar sus dientes perforándome la piel comprendí que era demasiado tarde.

Éste es el minirrelato con el que participé en el concurso de Fantasti'cs '12; pero como ya han salido los finalistas (y no está entre ellos), lo cuelgo aquí, por si alguien desea despotricarlo a conciencia...

Sed buenos. Sed de cerveza. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Origami de un cerezo (mes envies de Nothomb)


Ni la publicidad, ni los premios; ni siquiera ser una de las musas para otros escritores, hacen que de su rostro florezca una leve sonrisa. Y allí está ella, observando lo único que es digno de ver florecer: los almendros. Sentada sobre un tronco, a espaldas de su gran amado Fujiyama, recuerda con amargura el último de sus fallidos romances que, como siempre, brota de entre las ramas desnudas, aparece como una ligera mota de algodón, suave e inmaculada, y crece hasta convertirse en una preciosa flor donde se concentra toda la pasión que entrega ciegamente a quien la corresponde. Pero nunca consigue llegar hasta el fruto, pues antes de alcanzar el estado de madurez, el portador de la simiente se marchita fulminante bajo el peso de la popularidad. Y así se siente ella, después de cada libro: sola, rodeada de una multitud a la cual ignora, pues ve como el fruto que realmente aprecia se pudre entre el gentío, biodegradándose hasta desaparecer de su vida.

Una lágrima resbala por su pálida mejilla, precipitándose al vacío, hasta impactar sobre las palabras que acaba de escribir, emborronando la tinta que se licua con la amargura del recuerdo. Observa la gota purpúrea que recorre la hoja hasta ser absorbida por la gran galaxia blanca que apresa entre sus manos, donde escribe su libro más personal. El rastro de esa lágrima se vuelve etéreo, transformándose en la sombra de un pliegue con el que ella recrea en su mente una figura rígida de papel. Y la angustia vuelve en forma del capullo que brotó de las manos de Rinri y la primera vez que le enseñó el arte del origami.

«¿Ves?», le decía el joven, acariciándole las manos. «Todo fluye de la mente, del corazón». La relación se formaba a través de metáforas, ya que los pliegues de ambos lados se juntaban, como sus culturas; se doblaban una y otra vez, como sus vidas; hasta que nacía una bella figura, como su amor.

Daisuki.

Los pasajes entrecortados se aparecían en su mente a velocidad vertiginosa, como fue la relación. Su primera visita a Japón. El día que se presentó en casa de los padres de su futuro alumno de francés. Los paseos por los jardines y el viento que transportaba el aroma de las diferentes flores. La vergüenza del joven al rozar el hombro de ella… La primera vez que de su boca nacía Daisuki.

Daisuki, y los ojos se le llenan de lágrima.

Daisuki, y el temblor de sus labios la ponen nerviosa.

Daisuki…

La escritora dio un respingo cuando el frío viento que descendía del Fujiyama la sorprendió, haciendo revolotear los pliegues del kimono, llevándose la pequeña golondrina de papel que le hacía compañía y le dañaba el corazón cada vez que la observaba y le venía el recuerdo de las cálidas manos de su amado. No hizo nada por verla volar, alejarse, desaparecer; como lo hizo Rinri, dejando en su memoria los restos del polen que ahora escampaba por las amplias llanuras japonesas, hasta donde la vista de ella lograba alcanzar.

«¿Continuará aprendiendo francés?», se preguntaba, articulando con palabras mudas su traducción al idioma nipón.

«Va bien, alors…fais même que moi : Je m’appelle Rinri. Vais y!», y una sonrisa pobre se le escapaba, apenada, al pensar en su primera frase.

Daisuki, aprendió ella en un diccionario.

Daisuki, le sorprendió al joven, una tarde de otoño.

Aishiteru, le contestó él, abrazándola bajo unas sábanas de algodón con amor como única fragancia.

Aishiteru, le dijo por última vez antes de desaparecer de su vida.

Se quedó muda delante de los micrófonos que la apuntaban, viéndole marchar cabizbajo. De nada sirvió esconderle su verdadera identidad, pues quería protegerlo a él, a los dos. Y cuando la publicación de su último libro estuvo al alcance de todos, algunos dedos señalaron hacia una pequeña región de Japón, a las faldas del monte venerado, como refugio de la escritora.

«Maldita sea», se recriminaba una y otra vez.

«No se puede tener todo», le dijo Rinri, mirando al suelo. «Y yo sólo quiero tenerte a ti».

Los ojos de la escritora volvieron a derramar la rabia, la pena, en pequeñas lágrimas salinas que le rallaban los pómulos, penetrando por la comisura de unos labios entreabiertos que susurraban aishiteru al viento, a un rostro incorpóreo que se le aparecía en su imaginación, de perfil anguloso y ojos benévolos, curiosos de vida; y sonrisa sincera.

Aishiteru, y se estremecía al pensar que era él quien lo pronunciaba una vez más.

Aishiteru…

Los Dioses que habitan en la cima del Fujiyama la llaman a voces, transportando en su lengua de viento olores y sonidos, recuerdos. Llevándose a su paso los pensamientos amargos que la atormentan, arrancando de sus manos las hojas del diario que escribe desde el abandono. Otro más. Hojas y hojas, palabras, y frases dolorosas, adornadas con lágrimas que deforman las letras. Hojas que vuelan a su alrededor como pájaros enfadados, como golondrinas de origami, como un amor; y se alejan. Al ponerse en pie, al darse la vuelta, recibe la bofetada de las deidades, secándole la cara con el vendaval que se forma a su alrededor. Extiende las manos hacia los lados y percibe que las amplias mangas del kimono ondean con fuerza, que su pelo se agita fiero. Y al cerrar los ojos se imagina saltando desde la cima, empujada por una mano celestial, y cae al vacío, como sus lágrimas; el viento le golpea la cara, le ciñe el vestido al cuerpo, le extirpa los malos pensamientos.

Aishiteru, escucha.

Aishiteru…

El corazón golpea frenético contra las costillas. Las piernas le tiemblan, no sabe si de nervios, frío o haber escuchado su voz.

Aishiteru, escucha de nuevo.

Y la sonrisa de almendro florece, agrietando los surcos olvidados de sus lágrimas. Al darse la vuelta no ve más que la planicie por donde se deslizan las hojas de su vida, y los surcos que albergan los cerezos que un día vieron nacer su amor, y ahora observan en silencio cómo la locura se apodera de su dueña.

Los cerezos, la única compañía que hasta entonces la escuchaba, se vieron acompañados por un pequeño estanque habitado por dos carpas. Y todo fluía en armonía, pues ellos eran el nacimiento, la vida y la muerte; y ellas la semilla interior del ser que, cuando esté preparado, convertirá en dragón. La escritora las miraba con desdén, viendo sus horribles rostros de largos bigotes. El viento sopló una vez más, aullando entre los árboles, haciendo temblar la superficie del estanque. Todas las fuerzas giraban en torno a ella, pero no comprendía las metáforas que le anunciaban. Sólo veía sombras de las ramas que se proyectaban sobre el agua temblorosa, y las carpas que danzaban juntas, mofándose de ella.

         Más lágrimas que resbalaban.

Más pensamientos dolorosos.

Daisuki.

El viento trajo con él la golondrina de origami, magullada, sucia; y la depositó sobre la superficie del estanque. Una de las carpas giró sobre sí misma y se lanzó en su busca, atrapándola y haciéndola desaparecer en las profundidades.

Aishiteru.

Quizá ya estaba preparada.

Se adentró en la casa, dejando atrás el alboroto de hojas desperdigadas por el campo, como la simiente de su amado, como el recuerdo que arrancará de su interior a golpe de tecla.

Al sentarse, colocó sobre la máquina de escribir una golondrina idéntica, hecha por ella.

—Domo arigato gozaimasu, Rinri —pronuncia pausadamente—. Aishiteru.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Se llamaba... Barcelona

Quizá sea porque mi edad me incita a dejar escritos los recuerdos, o porque esta enfermedad está degenerando hasta el punto de hacerme pensar que, en tan solo unos días, puede que termine aquí mi cometido. Pensarán que estoy loco; que el abuso desmesurado de mi juventud no hizo más que lacerar mi cuerpo, por aquel entonces inmaculado y bendecido por la gracia de algún Dios de la antigüedad, y que el paso de ese tiempo destilado en el conspicuo brebaje causaron menoscabo en aquel muchacho inocente que un día fui.
Dejo aquí, de mi propio puño y letra, el relato que me condujo al principio de un camino llano y amplio, transformándose en un angosto callejón oscuro y tenebroso, del que no cabía salida alguna.

Terminó la guerra, allá por el año doscientos del segundo milenio. Un conflicto bélico que devastó el amplio mundo del que ahora sólo tienen constancia a través de los ficheros holográficos. Si, señoras y señores. Ese orbe azul y verde, de complicadas y celebérrimas civilizaciones, tal y como lo estudian ahora, un día existió. Pero la guerra del miedo lo arrasó todo. Las creencias religiosas, que habían deteriorado el pensamiento de la humanidad con el paso de los siglos, encendieron la mecha de la autodestrucción en el año dos mil doce; fecha en la que una antigua población indígena profetizó el fin del mundo. Como pueden comprobar, no fue así… del todo. Después de esos casi doscientos años, el conflicto llegó a su fin, sumiendo a los vencedores en un estado polvoriento de ruinas y pobreza. Y ahí, en ese mismo escenario, es cuando aparezco yo de entre los escombros, malviviendo una existencia huérfana y desorientada.

Se llamaba Barcelona, según investigué años más tarde.
Me encontraba caminando por los diques que separaban la tierra del mar, cerca de los comercios de abastecimiento. No era más que un escuálido niño que conseguía mantenerme con vida, hurtando aquí y allá algunas píldoras alimenticias de tercera gama, acompañándolas con sobres de gel hidratante, para que su engullimiento no fuera tan desabrido.
En una de las oportunidades que gocé para aprovisionarme, el mercader salió tras de mí, enarbolando una vara larga y afilada para darme caza. Mis pies descalzos no concebían el dolor que causaba el avance entre los bloques de hormigón derruidos y el áspero tacto de una playa fosilizada, que delimitaba con los malecones. Antes de que el tendero hostigara aquel pequeño superviviente que era yo, mis maltrechos pies hicieron que de un tropiezo cayera sobre la arena, hundiendo la cara en ella. El dolor que me causaba los atices de aquella vara se convirtió en una simple quemazón, cuando mi espalda dejó de percibir la dolencia de los enfurecidos azotes. Y cuando temblaba sin saber qué ocurriría después, una voz quebrantó el ensañamiento, haciendo que los ataques cesaran. Esa voz, melosa y segura, intercambió algunas palabras con mi atacante, haciendo que éste se olvidara de mí.
—Vamos, pequeño —escuché entre la arena que se había introducido por mis orejas.
Al alzar la vista, frente a mis ojos, un gato negro de pelaje áureo me observaba receloso a pocos centímetros de mi cara. Lamió con áspera lengua la arena que había quedado adherida a mi rostro, formando una amalgama sabulosa que exfoliaba mi piel. Una mano enguantada me ayudó a levantar.
—Me llamo Nicolás —me dijo el hombre que se erguía frente a mí.

Íbamos camino de su morada mientras me explicaba que había llegado años atrás, antes de terminar el conflicto. Era descendiente de una familia de nobles rusos que abandonaron todos los países donde el exilio se extinguió por causas políticas de supervivencia.
Yo lo miraba, impertérrito y desconfiado, pues sus andares eran igual de anormales que su vestimenta, donde el negro era el único color que lo cubría. El gato, complemento de aquel extraño, se dejaba transportar con suma tranquilidad apresado en uno de sus brazos, mientras con la otra mano le acariciaba el etéreo pelaje del lomo.

Cruzamos parte de la ciudad, sorteando los escombros de la destrucción, hacia una zona desconocida para mí. Allí, entre la runa que ocupaba las calles, se alzaban aún viejos edificios de grandes y bellas construcciones. Algunos conservaban su estructura original donde, según me explicaba, habían vivido las familias más bien posicionadas de la extinta sociedad. Se detuvo ante una verja solemne y oxidada, que nos esperaba entreabierta.
Se escuchaban gritos y risas antes de llegar a la entrada de la mansión. Una vez dentro, en lugar de enseñarme dónde se encontraba la gente que creaba aquella algarabía de risotadas y música, me agarró del pescuezo con fuerza, obligándome a penetrar en una lóbrega estancia repleta de jóvenes atemorizados. Cerró la puerta tras de mí.

La iluminación era tan escasa que pronto recibí empujones y golpes al lastimar con mis pies a los allí tendidos, pidiendo perdón mientras me acurrucaba en una esquina.
—Me llamo Samuel —dijo una voz a mi lado.
—¿Qué hacemos aquí? —le pregunté.
—No lo sabemos aún —se pronunció uno de los chicos que me había golpeado—. Ese hombre nos trajo aquí, como ha hecho contigo. Y siempre que trae a uno nuevo, menciona un número. ¿Cuál eres tú?
—No lo sé.
—Debes ser el veinte —comentó el joven que me habló por primera vez—. Pues yo fui el último en llegar, antes que tú; y soy el diecinueve.
El resto de niños estaban callados, mirándome con ojos asustadizos por el incierto futuro que nos esperaba. Quedamos todos en silencio con el único sonido de nuestra respiración, y el jolgorio que provenía de la estancia contigua.
De pronto, la música cesó. El murmullo de risas y gritos se apagaron lentamente dando paso a un frenesí de aplausos que callaron pasado un instante. Entonces, la puerta se abrió. Entraron dos hombres, portadores de cadenas que nos fueron puestas en uno de nuestros pies. Arrancaron nuestras ropas y desfilamos desnudos por el pasillo hasta entrar en un gran salón. Y allí, rodeados de miradas lascivas, nos anclaron a cada uno en la veintena de columnas que circundaban la habitación.
—Primero debéis comer algo —nos dijo el llamado Nicolás, sirviéndonos una racima de píldoras unidas por un cordel—. Os hará falta obtener las fuerzas necesarias para lograr satisfacer a mis clientas.
No entendía qué quería de nosotros, pues en un principio pensé que acabaríamos siendo deportados a las filas combatientes del conflicto, que aún se desataba en el sur del planeta. Tras haber ingerido el alimento, nos obsequió con un brebaje desconocido. Un líquido glauco y brillante al que le dio lumbre con un pequeño útil que creaba una minúscula llama.
—No tengáis miedo por el fuego —comentó, incendiando los respectivos vasos que también sostenían aquellas mujeres—. En cuanto sea consumido debéis beberlo sin miedo, de un solo trago.
Las señoras se fijaban en nosotros con miradas sibilinas; nos agredían visualmente con sus lascivas lenguas, que recogían el brebaje escurrido por sus labios. Entonces vi cómo mis compañeros depositaban los vasos ya vacíos sobre las mesas contiguas. Olí aquel líquido y un aroma dulzón se filtró por mis fosas nasales hasta clavárseme en el cerebro. Lo engullí con miedo, sin pensar. Acto seguido, aquellas mujeres se acercaron hilarantes hacia nosotros, cada una tenía asignada un número. Una de ellas, algo madura, de tez blanquecina y largos rizos del color de la sangre, se desnudó ante mí y sus manos recorrieron mi mal alimentado cuerpo, accediendo a lugares que sólo una madre tenía el derecho a llegar. Así, manoseándome, presa de la lujuria y el éxtasis, tomó mi carne entre sus labios para degustarla con placer.
El líquido causó un efecto en mi cabeza, nublándome la vista, haciendo que mis ojos distorsionaran lo que ante mí se representaba, no viendo más que una grotesca bacanal de la que fui partícipe contra mi voluntad; pero que mi cuerpo reaccionó ante el estímulo, encontrándome, sin ser consciente, embistiendo a la mujer del pelo incendiario que me daba la espalda, apoyada sobre la mesa.
Gritos, jadeos y risas inundaban aquel salón gobernado por un hombre vestido de negro, que se hallaba sentado en lo alto de un trono, sobre nuestras cabezas; con el único afán de disfrutar ante la orgía mientras acicalaba el pelo rebelde de su felino.

No sé si aquella noche, Nicolás disfrutó de algo más que con las vistas. Lo único que consigo recordar es el estado en que quedó mi cuerpo después de vaciarme dentro de aquella mujer, que ahogó con sus gritos orgásmicos al resto de copartícipes; y el dinero que pagó por mí, y por la gran caja de madera que contenía una buena cantidad de botellas, contenedoras de la concupiscente poción verde.

Se llamaba Ana y fue mi dueña durante los años que siguieron al final de la guerra. Con ella pasé la gran parte de su vida, esclavizado en el lecho, junto a botellas y vasos vacíos; con el único fin de hacerme servir como objeto sexual. Me acomodé a ello, hasta que un día quedó embarazada. La podredumbre de aquella época no ayudó en el parto, quedándose ella en la mesa, sin vida; convirtiendo a un hombre sin libertad en padre.
Me hice cargo del retoño y conseguí escapar, siendo polizón en el transbordador que nos llevó a una nueva vida lejos de aquel mundo sin esperanza.